Más de cincuenta años han pasado desde que apareció
por primera vez en Buenos Aires un precioso libro de poemas que yo incluso
siendo un apasionado de la prosa y de la poesía de Juan Ramón
Jiménez Mantecón, no he leído hasta hace solo unos
meses. Se trata del libro titulado "La Estación Total con
las canciones de la nueva luz", una delicia, una autentica sinfonía
de luz, de color y de aire, que a los que andamos día a día
por el campo nos refresca y nos ilumina al leerlo.

Parece que Juan Ramón nos dedica este libro a los que hacemos
Topografía y Cartografía, como si el propio titulo fuese
una profecía del instrumento topográfico que varias décadas
después iba ayudarnos en nuestro trabajo diario.
Los poemas del Premio Nobel son todo un alegato a nuestro andar por
el campo, así en sus páginas se pueden leer cosas tan
hermosas como:
Aquel purpúreo monte...
La armonía recóndita...
realidades paralelas...
traslada la estación de un sitio a otro.
Creo que el poeta de Moguer me acompaña mientras voy midiendo
el moguereño coto de Montemayor y me pregunta
¿Verdor solar con apariencia eterna,
tierra en que duplicar con nuestra boca,
agua en que refrescar la vena viva,
poniente al que mirar en el descanso?
O que me hace meditar junto a mi Estación Total, libro e instrumento,
que en mis solitarios y largos ratos
Deleito el tacto de la soledad...
Y veo como juegan su frío y su sol,
la nube con la montaña indiferentes al eco, al águila
¡Y al poeta!
Cuando el aire, suprema compañía
Ocupa el sitio de los que se fueron.
No sé dónde se inspiró el poeta de Moguer al describir
de forma sublime estos paisajes, pero estoy casi seguro que fue en los
campos cercanos a la ribera del Tinto
"Todo es pleno en un valle azul de exacta temperatura transparente,
que fija con su nítida quietud la belleza completa, y todo queda
ante mi vista chico, ¡el azul relativo, el pobre azul, plano,
lo mismo, como ayer, ¡cómo antes!"
¡Que blancura (que luz)!
Mas blanco (y encendido)
Sin ser blanco (ni lúcido)
Que todo lo que es blanco (y luminoso)
Juan Ramón Jiménez, nació en Moguer en 1881 y
es conocido mundialmente por el libro más bello de la narrativa
lírica contemporánea, un libro que no es solo para niños
"PLATERO Y YO", pero que a todos los que escribió son
de una gran belleza, son hermosos, escritos con inteligencia y capaz
de sorprendernos continuamente como este mismo me dejó sorprendido
a mí cuando lo leí.
Se casó con Zenobia Camprubí a quien le dedicó
unas poesías amorosas de alta sensibilidad y que ella supo agradecer
dedicándole con amor toda su vida.
Murió en 1958 en San Juan de Puerto Rico, dos años después
de recibir el Premio Nobel de Literatura, pero su espíritu quedó
en Moguer, se nota, lo siento al pasear por las blancas calles del pueblo
o por los verdes campos moguereños.
Verde brillo sobre el oscuro verde
Nido profundo de hojas y rumor...
El campo seco
En que los cuatro puntos cardinales
Son de igual atracción dulce y profunda;
instante del amor abierto.
Juan Ramón "el loco", "el loco de Moguer",
el que vio desde el Monturrio, aquel ocaso empurpurado, aquel, que otro
poeta y amigo Curro Garfias, lo estudió profundamente, aquel
que le decía a Zenobia
El cenit se transforma por ti y por mí
Tú en el Norte, en tal Este
En el Sur, clara y fija
Las sendas naturales
Que por tierra, aire, agua, fuego
Conducen a su cuerpo y a su alma
En oriente, poniente, sur y norte
Juan Ramón Jiménez, escribió este libro entre
los años 1923 y 1936 y se publicó en Argentina en 1946,
no publicándose en España hasta 1994.
He andado por la calle de la Ribera, su calle natal, he subido a la
azotea de su casa desde donde se ve el mar y que él cariñosamente
se lo explicaba a Platero, he paseado por el arroyo Don Gil, por los
Alcalares, pro la plaza de la Iglesia, por la del Cabildo, he ido a
Fuentepiña, al avitorejo, a las Madres, a la playa de Castilla,
he recorrido toda su geografía, la que a mi me gusta llamar geografía
juanramoniana y con la Estación total en mis manos, la mía,
la de él, en un anochecer moguereño, recordé aquella
declaración de amor a Zenobia, su novia, a la que comparó
con
"aquellas estrellas que cada noche le sonreían
desde el cielo"
Mientras yo visaba con mi Estación Total, la estrella Polar,
en busca del
Norte
En tal Este
En el Sur
Moguer, verano de 1998.