FEBRERO-MARZO ISSN: 1.131-9.100
martes, 09 de febrero de 2010
 
ARTÍCULOS
 
 
 
   

EL MAPA RUPESTRE DE RIBADESELLA (ASTURIAS), UNO DE LOS PRIMEROS EN LA CRONOLOGÍA CARTOGRÁFICA.

 
Julio de 2007
Mario Ruiz Morales ( Ingeniero Geógrafo del Estado Profesor de la Universidad de Granada)
 

 

Resumen

Los mapas rupestres, una de las expresiones del arte prehistórico, son muy poco conocidos aunque tengan una relevancia cualitativa considerable. Hasta ahora hay constancia de su dibujo en algunas cuevas de la España peninsular alejadas de la cornisa cantábrica, una circunstancia que solo se puede explicar por la falta de exploraciones sistemáticas en las que prime también la componente cartográfica. No obstante se presenta aquí uno de los ejemplos hallados en una de las grutas más señaladas de aquella región, la Cueva Tito Bustillo de Ribadesella (Asturias). El mapa fue descubierto en junio de 1968 por Jesús Manuel Fernández Malvárez, integrante del equipo que exploró detalladamente la cueva meses atrás. Todo parece indicar que se trata de una imagen cartográfica centrada en la ría de aquella villa. El hecho de que no se haya divulgado su aparición hasta este momento obedece a que ciertos círculos restringidos, con pocos elementos de juicio, suelen despreciar lo que ignoran. En todo caso, la genial intuición del descubridor y su prudente perseverancia han permitido finalmente que la comunidad cartográfica pueda tener noticias de un mapa prehistórico sobresaliente que puede encabezar la cronología de esa disciplina.

La existencia de mapas y planos rupestres es un hecho incuestionable y bien documentado en la bibliografía cartográfica moderna. El gran historiador de la cartografía Leo Bagrow (1881-1957) afirmaba, al referirse a los mapas de los pueblos primitivos, lo siguiente:

“The variety of such map-forms is governed by the medium in which they are prepared. The commonest and simplest materials used are stone1 and wood; bone and leather are rarer. Pictures in stone may be carved, chiselled or drawn. Rock paintings or petroglyphs occur all over the world and, significantly, are more numerous at points of social or economic importance, such a tribal gathering-places, the best hunting-grounds, and dangerous crossings”. (History of Cartography. 1985).

Aunque sea cierto que se encuentren manifestaciones cartográficas primitivas en todas partes del mundo, no me resisto a seleccionar solo algunas de las que hicieron los primeros pobladores de Norteamérica, posteriores a las europeas, ya que presentan la singularidad de reflejar, tanto en sus pinturas rupestres como en sus petroglifos2 , la llegada de los españoles a aquellos territorios. En el Gran Cañón del Colorado hay una pintura en la que aparecen varios jinetes a caballo, que al parecer fue realizada para conmemorar la llegada de los españoles a la nación navaja3. Los petroglifos americanos4 , que presentan la particularidad de ser históricos, se encuentran repartidos por varios estados. En los de Arizona y Utah son destacables las trazas de detalles planimétricos, clara imagen de los ríos o sendas que discurrían por su zona de influencia, junto a imágenes de algunos caballos aislados; otro de los ejemplos más representativos está en otro estado y es la imagen de una parte de la cuenca del río Mississipi, con una antigüedad aproximada de 2000 años.

Dos años después de la publicación de Bagrow vio la luz el primer volumen de la colección “The History of Cartogaphy”5, con un título muy esclarecedor “Cartography in Prehistoric, Ancient, and Medieval Europe and the Mediterranean”. En su primera parte se recogen dos trabajos, firmados por la especialista Catherine Delano Smith, asímismo elocuentes: a) “Prehistoric Maps and the History of Cartography: An Introduction” y b) “Cartography in the Prehistoric Period in the Old World: Europe, the Middle East, and North Africa”. En el más genérico anunciaba que para enjuiciar algunas de las imágenes cartográficas de la prehistoria era necesario un cambio de mentalidad6:

“The study of prehistoric mapping in Europe and its borderlands, as in other continents, requires a new beginning. In the past scholars have been handicapped not only by a severe shortage of evidence but also by misguided attitudes toward the intellectual capacity of early man. In addition, they have failed to consider either the diagnostic characteristics of prehistoric maps or the principles that should be developed for their identification and study”.

El segundo artículo, sumamente detallado, se apoyó en tres principios fundamentales que enlazan con el juicio anterior:

“First, an open mind is needed regarding the range of potencial source material. Second, any maps found in these sources cannot be studied apart from other forms of contemporary art or in isolation from the total context in which this art was produced, even if this means relying not only on the archaeological record but also on anthropological parallels. And finally, a new theoretical framework may have to be created for what is in effect a new subject”.

Ese último trabajo de C. Delano Smith va profusamente ilustrado con interesantes imágenes cartográficas encontradas en diferentes grutas, incluyendo entre ellas las procedentes de dos cuevas españolas: Pileta (Benahoján. Málaga) y Buitres (Peñalsordo. Badajoz). Aunque en un mapa de España señale el emplazamiento de otras cuevas, me causa cierta sorpresa7 que no mencione ninguna de la cornisa cantábrica a sabiendas de que es en aquella zona en donde pueden encontrarse multitud de ellas con pinturas y grabados similares a los que había señalado para las otras. En cualquier caso conviene subrayar el mérito de esa autora, la cual culmina su trabajo con un anexo en el que incluye un listado de cincuenta y siete mapas prehistóricos debidamente comentados.

Mi sorpresa se hizo más firme, a comienzos del mes de diciembre del 2006, cuando Jesús Manuel Fernández Malvárez me hizo saber que estaba convencido de haber visto un mapa en una cueva prehistórica de Ribadesella, con ocasión de su participación en la visita realizada a la misma, en los últimos días del mes de junio del año 1968, al amparo de las actividades previstas en el campamento de espeleología que se había instalado por aquel entonces en el macizo de Ardines; la cueva en cuestión recibe el nombre de Cueva Tito Bustillo8 (φ = 43º 27´10´´, λ = 5º 4´10´´ W. G.) y se encuentra en la margen occidental de la desembocadura del río Sella. La gruta es la más importante del complejo de Ardines y, a juicio del profesor R. Balbín Behermann9 , debe de situarse entre las cinco primeras del Arte Paleolítico. Empleando sus propias palabras, es la mejor decorada a lo largo de todo el tiempo10 en su condición de “espacio múltiple de vivienda, relación, reunión y actividades artísticas y sociales”.

La exploración integral de la cueva, la principal de Asturias, dio comienzo a mediados del mes de marzo de 1968, cuando se desplazaron hasta Ribadesella dos miembros del grupo espeleológico “Torreblanca” de Oviedo11 . El resto del grupo se incorporó el día diecisiete del mismo mes, iniciándose el dieciocho el examen sistemático de la cueva, conocida hasta entonces como “Cueva de Ardines”. El equipo de espeleólogos que se internaron en ella estuvo compuesto por las personas siguientes: Ruperto Alvarez Romero, Celestino Fernández Bustillo, Eloisa Fernández Bustillo, Jesús Manuel Fernández Málvarez, Pilar González Salas, Adolfo Inda Sanjuán, Amparo Izquierdo Vallina, Fernando López Marcos, María Pía Posada Miranda y Elías Pedro Ramos Cabrero.

Sin embargo se suspendieron los trabajos el mismo día de su comienzo y no pudieron reemprenderse hasta el día 11 de abril, a tenor del relato que hace de ellos el propio J. M. Fernández Málvarez, el cual manifiesta con honestidad que fue Adolfo Inda el primero en ver las pinturas rupestres que adornan el ahora llamado Camarín de las Vulvas12 . Al día siguiente repitieron la visita, esta vez bien pertrechados para poder conseguir la prueba gráfica de su grandioso descubrimiento. Aunque sea innegable que el mérito de tan sobresaliente operación debe ser común a todos los integrantes del equipo, es preciso subrayar que debería haber sido mayor el protagonismo de los dos únicos componentes naturales de Ribadesella, Fernández Málvarez e India Sanjuán, pues ellos condujeron a todos los demás como buenos conocedores del medio y al segundo de ellos le cupo, además, el privilegio de haber sido el primero en ver tan singulares pinturas.

Ya ha quedado dicho que Fernández Malvárez volvió a visitar la cueva meses después, concretamente durante los días 28, 29 y 30 de junio, y que fue entonces cuando le pareció ver una especie de mapa en el fondo de la misma. El mismo se encargó posteriormente de describir el emplazamiento exacto, justamente en la mitad de la galería existente entre el citado Camarín de las Vulvas y la pared contraria, en el lugar en que se encuentra un grupo de bloques de piedra13 . El elemento central de la imagen es un detalle planimétrico compuesto por dos líneas discontinuas que discurren sensiblemente paralelas desde la parte inferior de la roca al borde superior de la misma. A uno y otro lado de las dos líneas figuran grupos de manchas sensiblemente rectangulares sin que se observe una determinada secuencia, tanto estas como el detalle anterior tienen el tinte rojo tan característico. En cuanto a su antigüedad, es de suponer que será análoga a la de los otros detalles pictóricos de la cueva, los cuales se dibujaron probablemente a finales del paleolítico superior, como ya es sabido. La primera descripción indirecta de esta representación se debe a M. Mallo Biseca y M. Pérez Pérez (ver nota nº 13):

En otro bloque caótico,…, aparecen también unos grupos de signos lineales, también en rojo intenso,…En el centro de ellos, y dividiéndolos en dos sectores, dos líneas paralelas formando un arco descendente, casi vertical, separadas entre si unos 0.07 m. y con una longitud de 1.05 m…El centro del arco está cortado por una línea horizontal discontinua con un punto en el centro. Aunque indudablemente pertenecen a dos épocas distintas, el conjunto de este bloque nos recuerda en cierto modo al “recolector de miel” de la cueva de La Araña14.

Teniendo en cuenta que los mapas rupestres habían de ser necesariamente localistas, al representar aspectos relacionados con la subsistencia y detalles ubicados en el entorno más o menos inmediato del lugar en que se encuentren, no es nada aventurado suponer que el detalle planimétrico anterior sea la imagen de otro singular del territorio circundante. Como el único de la época que responde a esas características es la ría de Ribadesella, todo apunta a que sea ella la que aparece representada en la imagen anterior; otra de las razones que avalan esta suposición es el hecho de que figuren en el mismo dos señales enfrentadas, las cuales parecen indicar la existencia de un vado similar al que enlaza en la actualidad los núcleos de Llovio y Junco. Igual de probable es que los grupos de manchas sean el signo convencional con los que el autor representó algunos emplazamientos de especial interés, tales como cuevas en las que guarnecerse o habitadas por otros clanes. La súbita interrupción del detalle planimétrico en el borde superior de la roca permite suponer también que no se trate de un hecho casual, puesto que pudo haber sido concebido como la imagen del litoral en el que desembocaba la ría por la que faenaban.

La verosimilitud de la intuición genial de Fernández Malvárez, que tenía por aquel entonces tan solo diecisiete años, toma carta de naturaleza cuando se resaltan sobre el Mapa Topográfico Nacional (Hoja de Ribadesella 15-04) algunos de los detalles en él representados y se compara la imagen resultante con la representación prehistórica. Aún siendo consciente de que la esencia de estas manifestaciones de arte prehistórico es más difusa y menos concluyente que la de otras disciplinas científicas, estoy plenamente convencido de que la representación hallada en Ribadesella es una imagen cartográfica y minimalista de sus alrededores. Creo asimismo que tal mapa rupestre debería ser catalogado como uno de los más remotos de que se tiene constancia en la cronología cartográfica. La capacidad de abstracción, y hasta la loable perseverancia, del descubridor de tan importante “tesoro cartográfico” lo hacen acreedor al reconocimiento de toda la comunidad cartográfica, cuyos miembros deberían congratularse por todo ello.

Epílogo.

Decía en el resumen que en ciertos círculos restringidos, con pocos elementos de juicio, se tiende a despreciar lo que se ignora. Estoy también convencido de que el desdén se acentúa si la aportación es ajena a su inmediata influencia. Con semejantes premisas solo me causó cierta sorpresa que, en pleno siglo XXI, algún preboste español de la prehistoria pudiese afirmar, sin sonrojarse, que los primeros mapas datan del periodo helenístico, olvidando las representaciones previas de Babilonia y Egipto; sin constarle, por supuesto, que los impulsos cartográficos más remotos del hombre tuvieron lugar durante la época en que supuestamente está especializado. Aunque sea cierto que la reconstrucción cabal del paisaje prehistórico deba ser una tarea exclusiva de los arqueólogos, también lo es el hecho de que solo son algunos de ellos los que están realmente interesados en descifrar el razonamiento de aquellos pobladores de la Tierra. (Colin Torner. Towards an Archeology of Mind. Inaugural Lecture, University of Cambridge (30.Nov.1982). Quizás sean esas últimas ideas las que debieran prevalecer cuando se pretenden interpretar, sin ataduras inerciales demasiado subjetivas, las imágenes, poco comprensibles a primera vista, que tan ocasionalmente ofrece el arte prehistórico.

1. La costumbre de usar rocas como soporte de las imágenes cartográficas continuó manteniéndose en los milenios siguientes, uno de las mejores pruebas es el Mapa de Francia hallado en el año 1976 en Mauchamp y ahora conservado en Brie Comte Robert. Sus dimensiones son de 56 x 47 cm, teniendo un espesor próximo a los 14 cm. El mapa, en el que se aprecia con toda nitidez el litoral occidental del país vecino, estuvo asociado al parecer a las campañas de Julio Cesar en las Galias.

2. Había redactado ya el presente artículo cuando el profesor Ricardo González Pañeda me envió un trabajo, aún inédito, centrado en el análisis e interpretación de la estela asturiana de Carondio, un megalito cuyo primitivo emplazamiento estuvo situado en la cabecera del Arroyo de Carondio que discurre entre la sierra del mismo nombre y la de Muriellos; González Pañeda defiende, muy acertadamente a mi juicio, que la estela representa el paisaje que se contemplaba desde la misma. El petroglifo contiene una serie de semicírculos concéntricos a uno y a otro lado de una línea sinuosa, los cuales son interpretados por el autor como los símbolos de las cumbres más singulares de las sierras anteriores y como el dibujo del arroyo citado. Se da la circunstancia de que este petroglifo cartográfico es muy similar a dos imágenes halladas en la cordillera del Atlas (el gran disco de la cueva TALAT N´IISK) y en una vasija de Irak (excavaciones de Tepe Gawra), en las que la imagen de un río es el eje de las mismas y en las que se representa el relieve circundante mediante el sistema rudimentario de los perfiles abatidos. Dado que los dos ejemplos anteriores son realmente pinturas, el petroglifo de Carondio presenta la singularidad de contener una de las más antiguas representaciones altimétricas de que se tienen noticias.

3. Incluso existe alguna otra del siglo XIX, como la que representa la expedición llevada a cabo por Antonio Narbona (1804-1805) en contra de esos mismos indios. La pintura se encuentra en el Cañón del Chelly (Arizona).

4. Los petroglifos también contenían representaciones astronómicas, valga de muestra el calendario solar del bosque petrificado (cerca de la ciudad de Flagstaf) que marcaba el solsticio de verano para los sabios de la tribu.

5. La colección constará de ocho volúmenes dedicados a: 1) Cartography in Prehistoric, Ancient, and Medieval Europe and the Mediterranean, 2.1) Cartography in the traditional Islamic and South Asian Societies,2.2)Cartography in the Traditional East and Southeast Asian Societies, 2.3)Cartograqphy in the Traditional African, American, Artic, Australian, and Pacific Societies, 3) Cartography in the Age of Renaissance and Discovery, 4) Cartography in the Age of Science, Enlightenment, and Expansion, 5) Cartography in the Nineteenth Century , 6) Cartography in the Twentieth Century. Hasta ahora se han publicado los cuatro primeros volúmenes. La obra está siendo editada por The University of Chicago Press.

6. M. Mallo Viesca y M. Pérez Pérez, ver nota nº 13, afirmaban al respecto: “consideramos imprescindible una revisión del estudio de las representaciones conocidas como signos, muy especialmente los puntos sueltos y sus agrupaciones, codificándolos y estructurándolos como si se tratase de un mensaje cifrado, y como tal, tratar de obtener la clave que nos releve su contenido”.

7. En el libro “De la Aguja Náutica al GPS” (año 2000) expresaba ya el mismo sentimiento, cuando al referirme a los mapas prehistóricos afirmaba que Delano no citaba las grutas del Norte de España aunque seguramente se encontrarían en ellas grabados de la misma índole que los que ella había reproducido en su trabajo.

8. Tito Bustillo es en realidad el sobrenombre de Celestino Fernández Bustillo, uno de los que participó en la primera exploración integral de la cueva. El haberle dado su nombre se debió a su fallecimiento prematuro, no habían pasado todavía dos meses desde la expedición a Ribadesella, como consecuencia de un accidente espeleológico en otra cueva asturiana (“Las Agüeras”) sita en el Término Municipal de Quirós (Bárzana).

9. Ricardo Balbín Behermann, es además el investigador principal del grupo que, en el año 2001, descubrió en la Cueva Tito Bustillo dos pinturas antropomórficas y cinco tallas de caballo y ciervas sobre huesos de equino.

10. Se cree que las pinturas de la cueva se realizaron en el paleolítico superior, concretamente durante el periodo Magdaleniense, aproximadamente entre los años 10000 y 25000 a.C.

11. Los dos miembros citados fueron: Elías Pedro Ramos Cabrero y Ruperto Alvarez Romero.

12. Según Balbín Behermann se trata de la única cámara conocida del Paleolítico que está dedicada a la figura y al sexo femenino.

13. Este grupo de bloques es señalado como zona K por M. Mallo Viesca y M. Pérez Pérez en su Primeras notas al estudio de la cueva “El Ramu” y su comunicación con “La Lloseta” (Zephyrus, volúmenes XIX-XX de 1968 -1969. Universidad de Salamanca); también es citado por Magín Berenguer, en su obra El arte prehistórico en la cueva “Tito Bustillo” (Editorial Everest. 1985).

14. Las pinturas rupestres de esa cueva valenciana fueron descritas por Eduardo Hernández -Pacheco Esteban en el año 1924.

 
   
   
   
   
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